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FEMINISMO REVOLUCIONARIO

Por Nancy LUNA

CHOLULA.- Durante toda la revolución se fundaron clubes femeniles y las mujeres realizaron servicios de espionaje y transportaron pertrechos de guerra, se alistaron en la Cruz Roja, fueron alimentadoras y acompañantes de las tropas; además disputaron a los hombres la exclusividad del espacio político de la guerra, empuñaron las armas como soldadas y obtuvieron sus grados y ascensos militares.

A pesar de ello, las heroínas más conocidas de la revolución Mexicana, aquellas cuyas huellas eran más fáciles de rastrear en hemerotecas, archivos y colecciones de fotografías o que habían entrado a formar parte del mito nacional, por lo general eran presentadas por la historiografía oficial de una manera que diluía la fuerza con que cuestionaron las rela­ciones tradicionales entre hombres y mujeres, los cambios que durante la guerra propiciaron en los patrones de conducta genéricos, los papeles de dirigencia que asumieron y su respuesta frente al nuevo intento de sumisión que les deparó la Asamblea Constituyente de Querétaro en 1917.

La oposición de algunas mujeres al gobierno de Porfirio Díaz se inició hacia finales de la década de 1880, cuando las mujeres letradas (periodistas o maestras) empezaron a publicar artículos en periódicos y revistas donde tímidamente propugnaban sus derechos.

Al estallar la revolución, su conciencia de la explotación, tanto dentro del hogar como en el trabajo, creció rápidamente, empujándolas a apoyar la causa de la no reelección y el sufragio efectivo, así como de la liberación de los trabajadores agrícolas en las haciendas y de los derechos laborales en las fábricas y las minas, con los medios que tenían a su alcance. Fueron soldadas, madres, esposas, hermanas, correligionarias, enfermeras, contrabandistas de armas, intelectuales orgánicas, correos, alimentadoras y espías, participando del movimiento con igual intensidad y compromiso que sus compañeros hombres. Algunas creyeron sinceramente que su participación impulsaría cambios políticos que democratizarían las relaciones entre las mujeres y los hombres, haciéndolas finalmente acreedoras a derechos políticos.