“La gato y el Ratón”, más vigente que nunca

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Por Edmundo TLACUILO ALMAZÁN

CHOLULA.- Soy tu amigo, puedes confiar en mí, vamos a caminar tomados de la mano. Deja tus recelos, yo soy incapaz de hacerte daño y entiendo tus necesidades, sé que tienes hambre, no creas o que dicen los que me acusan de acciones aborrecibles, ya verás que todo es falso, elige creerme, aunque lo anterior suena a promesas de político es campaña, en realidad es el discurso de Michirrimau, personaje de la fábula en verso “El gato y el ratón”, del periodista, escritor y poeta mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi, (1776-1827=, con estas palabras, el felino trata de convencer a un ratón de salir de su madriguera, protestándole su amistad sincera.

Michirrimau, un gato marrullero, espiaba un ratón en su agujero; el que, como seguro se miraba, de hito en hito al gatazo contemplaba; metía éste la mano de repente por si acaso pillaba buenamente al ratón infelice y viendo que no puede, así le dice: vaya, dame la mano; te sacaré a pasear, querido hermano, en ti ninguno piensa; te llevaré a visitar la despensa y allí te pondrás liso de queso, de jamones, de chorizo, de dulces, de cecinas y de otras finas golosinas. Ya tú verás, amigo, que te quiero, y que me pesa verte en tu agujero, tan mozo, hecho ermitaño. ¡Eh! Vamos, saca el vientre de mal año ahora que la fortuna te convida con una mesa rica y bien servida.

El pensador mexicano, autor de El Periquillo Sarmiento, considera por importantes críticos literarios como la primera novela hispanoamericana en el sentido moderno del término, no está rimando en esta fábula un cuentecillo intrascendente para dormir a inocentes criaturas, es tan profunda y vigente su analogía social, que su genial caracterización del depredador, con su hipocresías, demagogia y cinismo, atraviesa todas las etapas de la historia patria y nos recuerda hoy la consigna “primero los pobres”.

Señor don gato, estimo sus favores; pero tengo indispuestos los humores y el médico me dice como poco. Ese médico es loco, si pensara con juicio, a fe que te ordenara el ejercicio, que, cuando bien se aplica, él solo cura más que la botica. ¡Eh! Vamos, sal, no vivas encerrado, y verás cómo vuelves aliviado. Pues la verdad no puedo le responde el ratón. Me tienes miedo. Se te conoce, y tienes mil razones; pero a mí no me gustan los ratones cuando era mozo me empaché con ellos, y de entonces acá no puedo verlos. Cree pues lo que te digo, y sal seguro de que soy tu amigo, que aunque me ves con uñas bien armado, no soy yo gato mal intencionado. Sal, pues, hijo, seguro de que te quiero bien, y te lo juro.

Resulta insensato confiar en las protestas de amistad y honradez de quien ya actuó antes contra el bien de muchos, es necesario antes de caer en la trampa de quien promete ir en contra de su propia naturaleza predadora, mirar los antecedentes del “postulante” ninguna regeneración discursiva, aunque la jure sobre la piedra más sagrada le alcanza para ocultar su pasado y la fábula del siglo XIX se adapta perfectamente a los días actuales, tránsfugas del viejo régimen del que hoy reniegan los políticos se preparan ya para envolvernos con sus zalameros juramentos, ocultando las zarpas hasta lograr su cometido; y bien haríamos los mexicanos en 2021 imitando al sabio ratoncillo de la fábula lizardiana que habiendo visto morir a sus familia a causa del que ahora le asegura que se ha regenerado, responde así al astuto felino:

Si no te conociera, dijo el ratón, saliera pero ya te conozco, mentecato, ¿Cómo no has de ser malo si eres gato? Te comiste a mi padre, lo m ismo hiciste con mi pobre madre y a manotazos crueles e inhumanos te almorzaste una vez a mis dos hermanos, al mayor y al más chico, más yo no te daré por el hocico. Que si de mi familia yo he quedado solos, por ti, ya estoy escarmentado, siempre habré e tener pro muy dichoso al que hace el mal ajeno cauteloso, esto dijo el ratón que era prudente, ¿Oh! Si pensara así toda la gente.

Benévolo lector, algunos versos de Porfirio Barba Jacob, seudónimo de Miguel Ángel Osorio Benítez, nació el 29 de julio de 1883 en Santa Rosa, Colombia. Sus padres fallecieron cuando era un niño, por lo que fue criado por sus abuelos. Comienza a publicar sus primeros poemas a los 23 años entre ellos parábola del recuerdo al poco tiempo se muda a México.

La Estrella de la Tarde

Un monte azul, un pájaro viajero,

un roble, una llanura,

un niño, una canción… Y, sin embargo,

nada sabemos hoy, hermano mío.

Bórranse los senderos en la sombra;

el corazón del monte está cerrado;

el perro del pastor trágicamente

aúlla entre las hierbas del vallado.

Apoya tu fatiga en mi fatiga,

que yo mi pena apoyaré en tu pena,

y llora, como yo, por el influjo

de la tarde traslúcida y serena.

Nunca sabremos nada…

¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante,

vago rumor de mares en zozobra,

emoción desatada,

quimeras vanas, ilusión sin obra?

Hermano mío, en la inquietud constante,

nunca sabremos nada…

¿En qué grutas de islas misteriosas

arrullaron los Números tu sueño?

¿Quién me da los carbones irreales

de mi ardiente pasión, y la resina

que efunde en mis poemas su fragancia?

¿Qué voz suave, que ansiedad divina

tiene en nuestra ansiedad su resonancia?

Todo inquirir fracasa en el vacío,

cual fracasan los bólidos nocturnos

en el fondo del mar; toda pregunta

vuelve a nosotros trémula y fallida,

como del choque en el cantil fragoso

la flecha por el arco despedida.

Hermano mío, en el impulso errante,

nunca sabremos nada…

Y sin embargo…

¿Qué mística influencia

vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante?

¿Quién prende a nuestros hombros

manto real de púrpuras gloriosas,

y quién a nuestras llagas

viene y las unge y las convierte en rosas?

Tú, que sobre las hierbas reposabas

de cara al cielo, dices de repente:

—«La estrella de la tarde está encendida».

Ávidos buscan su fulgor mis ojos

a través de la bruma, y ascendemos

por el hilo de luz…

Un grillo canta

en los repuestos musgos del cercado,

y un incendio de estrellas se levanta

en tu pecho, tranquilo ante la tarde,

y en mi pecho en la tarde sosegado…

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